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Una lección valiosa que se desprende de la práctica del secreto y de la reserva es el del dominio de la lengua, el miembro más rebelde del cuerpo y el más difícil de dirigir.
Múltiples y valiosísimas son las lecciones del silencio así como de su belleza y su misterio. Del silencio hemos salido y a él debemos retornar cuando llegue la hora. En el silencio solitario de nuestros corazones es donde descubrimos las grandes experiencias de la vida y del amor.
Es preciso acallar a la naturaleza inferior para poder ver la verdad o encararse con la vida con toda equidad y firmeza. Solo cuando se silencia y aquieta el tumulto de las pasiones egoístas, de los deseos vehementes, es cuando puede dejarse oír la voz de la "estatua interior" que es el hombre verdadero.
Los discípulos preguntaron una vez al sabio maestro de la India cuál era el gran brahmán, es decir la mayor sabiduría. El maestro no respondió. Creyendo los discípulos que estaba distraído, reiteraron la pregunta. Pero el maestro calló también. Una y otra vez insistieron los discípulos sin obtener mejor respuesta. Cuando se hubieron cansado de preguntar, el maestro abrió la boca y dijo ¿Por qué habéis repetido tantas veces vuestra pregunta, si a la primera os respondí?. Sabed que la mayor sabiduría es el silencio.
En sánscrito, la arista de la paradoja es más afilada, porque brahmán significa, al mismo tiempo que sabiduría, formula, enunciado, expresión, algo parejo al Logos de la gente griega. Y como siempre acontece, esto, que en labios del indio fue enorme paradoja, honda punzada en la mente, que la hace estremecer de súbita claridad, es hoy un tópico. "Él más sabio hablar es el callar", dice la vieja del pueblo, sin saber bien lo que dice. Por inevitable necesidad dialéctica todo gran descubrimiento acaba convirtiéndose en lugar común y entonces pierde su verdad. La mera repetición lo invalida. El pensamiento vivo, consciente de su propio sentido, se hace giro mecánico, por el cual la mente se desliza inerte y sin intuición. El desdén al tópico no proviene de un injustificado culto a la originalidad, sino que está bien fundado en la advertencia de que es la negación del pensamiento, mejor aún, su suplantación.
Pero no vamos a hablar ahora de esto. Ni siquiera vamos a enfrentarnos con la sentencia del indio para averiguar si, en efecto, el conocimiento supremo es inefable. Eternamente se dividirán los hombres en dos grupos: los que ven en la inefabilidad un mal síntoma y hasta una objeción contra la verdad de un pensamiento, y los que reconocerán en la mudez el cariz de lo sublime. Lo más probable es que ni unos ni otros tengan razón. Ser o no ser inefable es indiferente a la calidad de un conocimiento, puesto que comparte la suerte de indecible lo más elevado con lo más humilde. Ni Dios, ni la armonía de la bóveda celeste pueden ser descritos con palabras. La inefabilidad es una línea fortuita que marca los límites de la coincidencia entre el pensamiento y el lenguaje. Esta línea tal vez deja fuera las grandes cimas del intelecto, pero también elimina trozos mentales de ínfimo valor.
Más interesante que este genero de inefabilidad es otro. Cuando el indio calla, porque su saber no puede expresarse con palabras, no calla en rigor. Callar es dejar de decir lo que se puede decir. Este es el silencio fecundo, no mera ausencia de vocablos, sino acallamiento de ellos, el retenerlos, el silenciarlos. Muchas veces en la vida ejercitamos según el propio albedrío este activo silencio, de modo de dejamos de decir lo que podíamos muy bien decir.
Pero existe una sabiduría sobremanera importante, que por su propia condición está condenada al silenciamiento. La existencia de esa sabiduría y de su forzosa mudez es una averiguación que propiamente se hace en una cierta altura de la vida. Se trata de un saber sobre la vida humana, la de nuestros prójimos y la nuestra. No es un conocimiento puramente genérico, como lo son todos los científicos, sino un concreto saber de éste y el otro individuo. Si es de vosotros Hermanos de quien yo sé muchas cosas, no de hechos de vuestra vida, sino lo que vosotros sois, de vuestro ser individual. Y en todo esto que yo sé de vosotros no hay nada que me haya sido contado por nadie. El que sabe de los demás lo que le cuentan, no sabe nada de ellos. Hermanos, yo sé de vosotros incomparablemente más. Sé precisamente casi todo lo que no se puede contar. Para definir mi sabiduría de vosotros no existe otra calificación que la necesidad de silenciarla. Es una cantidad de saber que se mide por la cantidad de mutismo a que obliga.
Sería trivializar el tema suponer que esa sabiduría tácita versa sobre acciones del prójimo que vulgarmente se consideran vituperadas y, por tanto, propagarlas implicaría perjuicio social para él. No, si alguno de vosotros y yo sobreviviésemos al resto de la sociedad y en la soledad dual conversásemos sobre el planeta desierto, yo tendría que callar mi conocimiento de ti, so pena de causarle un grave daño, y de retroceso hacérmelo a mí, porque nuestra amistad se rompería. No es dado a nadie quebrantar el esoterismo de este tipo de sabiduría, porque el silencio hecho sobre ella es viejo, de todos los siglos humanos.
El conocimiento del prójimo se produce muy lentamente, día a día. Va precipitándose en finísimas capas sobre nuestro fondo. Es un conocimiento de los individuos como tales y por tanto se justifica el silencio, ya que todo nace en la oscuridad y en el misterio. Es ilusorio pensar que la génesis comienza con la luz sobre ella. Lo último que sobre algo se hace es la luz. Tan cierto resulta que todo nacimiento es misterioso y mudo, que el saber mismo, mientras nace no habla. La penetración del prójimo es, como la inteligencia, una facultad que en rudimento poseen todos los hombres, pero que en grado excelente constituye un talento específico solo a algunos otorgados.
Pero sea una u otra la porción de este saber que nos haya sido concedida, da pena llevarla muda a la sepultura, da pena no dejarla para los demás y para siempre dicha. Al fin y al cabo, es el conocimiento sobre lo que nos fue más próximo, es nuestra sabiduría sobre la vida concreta, la ciencia vital por excelencia.
El conocimiento que tenemos del prójimo incluye el conocimiento que tenemos de la idea que él se ha formado de nosotros. Si, Hermanos, yo puedo decir de vosotros no solo como sois por dentro, sino también como me veis a mí, cual es la proyección que en el medio de vuestra alma da mi persona. Mi definición de vosotros, difícilmente os parecerá acertada, pero si os descubro la idea que de mí tenéis os sorprenderéis como tomados in fraganti. Entonces caeréis en la cuenta de que, en efecto, somos transparentes los unos a los otros. Y este es un buen camino para el hombre. Porque la mayor parte de nuestros defectos se nutre de que la persona se cree inasequible en el secreto de su intimidad, se presume opaca y usa de su cuerpo como de un disfraz para ocultar su interior, su auténtico ser.
La mayor parte de los errores que cometemos se originan en la ignorancia de cual es nuestro puesto en la estimación pública. De hecho sabemos siempre muy bien cual nos corresponde: la conciencia no falla nunca con su voz subterránea. Pero creemos que los demás no lo saben y podemos engañarles fingiendo tener un puesto mas elevado que el oportuno. Y como los demás no nos dicen nada, juzgamos que aceptan la valoración que de nosotros mismos hemos decretado.
Es grave este silencio que guardamos. Yo creo que es la causa del hecho, no por ser normal menos extraño, de que conforme avanzamos en la vida nos hallamos más lejos unos de otros, más abismáticamente distantes, hasta un doloroso aislamiento. Nos va aislando del prójimo lo que de él sabemos y callamos
Un acercamiento a un viejo amigo solo es posible si entre nosotros tiene lugar una "explicación". Y la explicación se reduce a aventar una mínima parte de lo que cada uno sabe del otro.
Hermanos, debe hacernos meditar el hecho de que Dios sea tan silencioso. ¡Qué bien guarda su secreto!. Tal vez es tan dramáticamente mudo porque sabe demasiado sobre nuestro interior y una sola palabra reveladora de lo que piensa de nosotros nos aniquilaría. Certísimo es que no hay otra manera de acercarse a Él sino como al amigo, mediante una "explicación". Esta consiste en decirse cada cual a sí mismo algo de lo que Dios le diría, pero correcto calla; confesándonos la verdad sobre nosotros mismos. Símbolo de esto es la confesión y no sorprende que las Confesiones de San Agustín no sean otra cosa que la guía de su itinerario hacia Dios.
Jesús Soriano Carrillo 33º |